Identidad es consenso y el
consenso es confianza. Confianza, una palabra repetida incontable cantidad
de veces en los últimos meses en nuestro país, es el requisito primero
para poder imaginar un futuro conjunto y superar las crisis que siempre
se presentan.
Los pueblos que perduran
y crecen, y en general cualquier grupo de personas que actúan en forma
conjunta por propia voluntad, lo hacen sobre la base de determinados
consensos. En un nivel simbólico uno puede pensar en pueblos con historias
prolongadas, tales como alemanes, franceses, italianos u holandeses,
y encontrar rasgos e iconos característicos que les están asociados.
Es así que es natural asociar a Holanda con molinos de viento o tulipanes,
o encontrar formas características de comportamiento, tales como la
vocación industrial de los alemanes, la naturaleza emprendedora de norteamericanos
o italianos, o la vocación cívica de los franceses.
En este sentido, es interesante
pensar a la identidad como un resultado y un proceso al mismo tiempo.
Un resultado en cuanto surge de la historia y en buena medida se hereda
a través de la cultura y las tradiciones. Pero también un proceso en
cuanto se trata de una característica en constante cambio, ya sea como
respuesta a desafíos impuestos por las circunstancias o como consecuencia
de las decisiones adrede realizadas por los mismos pueblos en distintos
momentos históricos.
Nuestro país es un caso particularmente
notable en este último aspecto. Luego de la independencia, resultado
de eventos geopolíticos en buena medida ajenos a esta geografía, la
América hispánica fue un lugar de intensas disputas sobre lo que debía
suceder, el tipo de gobierno y organización nacional que debía instalarse,
el rol de las provincias y la capital, etc.
Sin ánimos de extenderme
en detalles por todos conocidos, llevó aproximadamente cuatro décadas
lograr establecer un consenso sobre la organización nacional y los principales
derechos y deberes que iban a constituir la nacionalidad argentina.
Es consenso fue en buena medida enriquecido por las grandes ideas de
lo que luego se conoció como la generación del 37, que incluyó
a pensadores y hacedores como Sarmiento, Alberdi, Fidel López o Echevarria
entre otros, y que luego de la batalla de Caseros se plasmó en la Constitución
de 1853. Estos consensos sentaron las bases para la organización nacional
implementada por la generación del 80, y sorprendieron al mundo
por su éxito hacia principios del siglo XX convirtiendo a nuestro país,
en uno de países más prósperos del planeta, con notables desarrollos
en la educación, la ciencia y las artes.
Hoy el tema de la identidad
nacional es un tema recurrente en todos las latitudes, debido a los
procesos de globalización y regionalización que esta viviendo el planeta,
pero parece particularmente relevante para la Argentina, que enfrenta
un crisis propia y especifica, en mi opinión mucho más fruto de su propia
historia y de su crisis de identidad, que de aquellos cambios globales.
Como mencioné recién la identidad
es, quizás sobretodo, un proceso de constantes cambios a veces más lentos
y otras más rápidos (en las crisis), y es allí donde me pregunto frente
a la crisis actual: ¿cuáles son las grandes ideas que van a sustentar
los consensos necesarios para imaginar un futuro conjunto?, y más profundamente,
¿si disponemos de un grupo de pensadores y hacedores, análogo a la generación
del 37, que sea capaz de generar esas ficciones orientadoras de identidad
y transformarlas en consensos para construir un futuro?
Para reflexionar sobre estos
temas hemos invitado, como oradores, a Sebastian Guerrini y Sergio Visakosky,
dos miembros de Acaneb que han estudiado el tema desde ángulos distintos
y complementarios. Espero que estas exposiciones nos alimenten la reflexión
sobre este tema tan importante para construir consensos y por tanto
imaginar un futuro conjunto mejor.