Identidad, Crisis y Nación
por Sergio Eduardo Visacovsky

No soy muy original: como casi todos los argentinos, me veo forzado a empezar hablando de la crisis, nuestra crisis. Como casi todos, siento esa necesidad que nos invade cuando nos encontramos con un amigo o estamos en una reunión, y lo primero que nos viene a la mente decir es: "Y, mal", o "qué mal andamos", "todo está mal". Cualquiera se puede reconocer en estas fórmulas. Ocurre algo similar cuando debo hablar de las temáticas propias de las ciencias sociales; hoy por hoy, pareciera que no podemos empezar a hablar de un tópico, y mucho menos referido a la Argentina, si no es situándolo en la crisis, esa crisis que estalló con toda su furia a fines de diciembre del 2001, aunque muchos de sus elementos ya existían con anterioridad. El hablar sobre la crisis nos identifica.

Una conjetura puede ser formulada, e incluso la misma puede aspirar a parecer razonable: si la crisis es tan profunda que ha afectado todos los aspectos de la vida del país, también debe de haber afectado la identidad nacional. Por ende, la identidad nacional está en crisis. ¿Qué supone esto? Que teníamos una identidad nacional, y que la misma ha sido duramente golpeada, al punto de quedar dañada. Como razonamiento, parece impecable. Pero el gran problema reside en los supuestos que nos demanda este razonamiento para sobrevivir. Muchos estarán de acuerdo con mi presunción, y entonces el problema descansa ahora en cómo reparamos, recuperamos o restablecemos nuestra identidad nacional. No obstante, alguien podrá decirme, ¿pero quién dijo que teníamos una identidad nacional? Justamente, ¿acaso no estamos así por no tener una "identidad"? ¿Acaso lo argentino no se define por un vacío, una ausencia, una carencia? ¿No nos hemos comparado incontables veces con brasileños o norteamericanos, para concluir que ellos sí tienen una "identidad nacional", ellos sí aman su patria, ellos son patriotas, ellos defienden lo suyo, sus símbolos, su comida su música. A diferencia nuestra, claro, que somos proclives a defenestrar lo nuestro, que nos acordamos del tango cuando estamos haciendo un posgrado en Berkeley, que sólo vibramos con los colores patrios durante un mundial de fútbol...

Todo esto es demasiado conocido. O lo hemos escuchado, o tal vez alguna vez hemos sido portavoces de estos discursos. Mientras que el primero afirma que teníamos una identidad, y la hemos perdido (quizá incluso mucho antes, quizá la crisis le dio el golpe de gracia), el segundo sostiene que nunca pudo ser dañado o perdido lo que no tuvimos; más bien, la crisis es consecuencia (tal vez, en alguna medida) de esa carencia. Hay acá un notable contraste: para la primera perspectiva, la crisis tiene causas exógenas a "nuestra identidad", y la ha destruido; para la segunda, la crisis es consecuencia de nuestra "carencia de identidad". Ambos discursos contienen elementos que nos prometen la salvación: para el primero, se trata de recuperar lo que tuvimos, de volver a ser quienes fuimos; para el segundo, la cuestión es que seamos lo que debimos ser, ser, en definitiva, nosotros mismos, y no otros.

Estos discursos nos proponen ver a la crisis y a la identidad nacional como la relación entre dos elementos; en el primer discurso, la crisis impactó y modificó o destruyó la identidad;  en el segundo, la carencia de identidad (o su sustitución por una identidad foránea, inauténtica, inapropiada) precipitó o generó (en su totalidad o en parte) la crisis. Podríamos pensar en otras versiones [i] ; podríamos seguir revisando otras posibilidades, analizarlas, ver sus sustentos empíricos, sus coherencias lógicas, con la finalidad de ver cuál es la más satisfactoria, persuasiva o convincente a la hora de explicarnos la crisis actual. Pero también podríamos hacer otra cosa: verlas como perspectivas posibles sobre la Argentina y los argentinos, como formas de hablar sobre nosotros mismos, como modos de razonamiento que, antes que acertar con las causas de la crisis y resolver la salida posible, ponen de manifiesto convicciones profundas que tenemos sobre nuestra condición. En definitiva, son relatos con los cuales no intentamos meramente describir un estado de cosas en el mundo, sino que al hablar sobre la Argentina y los argentinos estamos definiendo la nación y contruyéndonos a nosotros mismos en tanto sujetos de la nación.

Para llevar a cabo esta tarea, es imprescindible dejar de tomar partido por alguna de estas posiciones, u otras no consideradas aquí, y tratar de situarnos frente a ellas como quien trata de entender una costumbre o una conducta incomprensible de otro pueblo. Imaginen que tratamos de comprender por qué alguien puede querer atravesar grandes y peligrosas distancias oceánicas en frágiles embarcaciones, tan sólo para intercambiar con otros pueblos collares de conchillas; o por qué alguien puede insistir en consultar un oráculo que continuamente se contradice. Estoy pidiendo que adoptemos, tan sólo por unos momentos, el punto de vista de un antropólogo, que se aleja de su objeto -aunque este sea cercano y familiar- para poder descubrir en él una inteligibilidad que, a simple vista, no se vislumbra con facilidad. A este fin, necesitamos suspender nuestra tendencia a corregir las visiones y costumbres de los otros, y aceptarlas como son: todas, indefectiblemente y aunque nos pese, productos genuinos y legítimos de este lugar en el mundo. Todas con sentido, si se las sabe leer en su contexto. Y todas relacionadas, porque una posición refiere necesariamente a la otra.

Pues bien, veamos. ¿Qué supone adoptar una visión antropológica respecto a las identidades? Y aclaramos: la identidad es un aspecto constitutivo de cualquier sujeto, individual o colectivo: así, podemos hablar de identidades profesionales, religiosas, étnicas (sobre las que la antropología social ha trabajado quizá más que ninguna otra disciplina) y las nacionales. Una de las primeras cosas que ha puesto de manifiesto la antropología es que no es posible pensar en identidades sin pensar, simultáneamente, en diferencias. En realidad, toda identidad se define en relación no sólo a un Sí Mismo, sino también a un Otro, mediante una operación de complementariedad y oposición. "Nosotros somos Rojos porque ellos son Celestes".

En general, cuando pensamos en la identidad de un grupo, inmediatamente lo que hacemos es predicar sus rasgos característicos y específicos que hacen que sea lo que es y no otra cosa. Tendemos a pensar que dichos atributos están vinculados de tal modo a la cosa que no dudamos en definirlos como "esenciales". Pero esta idea no funciona muy bien en el caso del mundo social y cultural. Por un lado, no debemos olvidar que todos nosotros ya disponemos de explicaciones de nuestros comportamientos e ideas, y de las de nuestros semejantes, no estamos esperando las explicaciones expertas de sociólogos y antropólogos; pero si nosotros queremos entender conductas y creencias, no tenemos más remedio que tomar en cuenta las interpretaciones que los propios sujetos se dan a sí mismos. Pero las interpretaciones cotidianas elaboradas por los sujetos sociales asumen decididamente una perspectiva esencialista, esto es, estos tienden a pensar sus identidades en forma natural y atemporal: de ese carácter son las atribuciones morales realizadas a determinados pueblos. O, igualmente, afirmaciones del tipo "siempre hemos sido así, desde nuestros orígenes". Cualquiera de nosotros asociará espontáneamente un plato de tallarines con salsa de tomate con "lo italiano", aunque los tallarines hayan sido introducidos en Italia por Marco Polo, y el tomate provenga de América.

Los antropólogos solemos decir que, como todos los aspectos de la vida social, las identidades se construyen. Con esta palabra queremos decir, básicamente, dos cosas; la primera, es que, efectivamente, las identidades asumen un carácter esencialista, pero se trata del resultado transitorio de un proceso (es decir, que sólo se entiende en términos históricos) en el que se han creado y transformado. Y que para que esto se haya llevado a cabo, es indispensable la acción humana, o sea, gente situada que interactúa entre sí definiéndose a sí misma en función de quienes considera sus semejantes y sus disímiles.

Este enfoque no esencialista es coincidente con el desarrollado para entender las naciones, ese fenómeno desarrollado a partir de los siglos XVII y XVIII y que algunos, globalización, posmodernismo y socio y etnocentrismo mediante insisten en sostener desde los años 1980 que ha muerto. Como sabemos, se trata de organizaciones políticas que fundaban su cohesión integrando grupos, comunidades y regiones muy disímiles desde el punto de vista de sus lenguas y tradiciones; para hacerlo, y valiéndose del poder político que le otorgaba el control del estado, procedieron a producir un nuevo orden colectivo que, sino suprimiese, al menos impusiese un horizonte general por sobre los particularismos regionales o grupales. Y para hacerlo, los nuevos estados acudieron a la creación de relatos que narraban los orígenes ya no de un pequeño grupo o región, sino de todo un territorio [ii] ; se estableció un panteón con los héroes de la nación (los fundadores, los guerreros, los profetas, los civilizadores); se establecieron lugares de recordación de los ilustres muertos devenidos en antepasados mediante monumentos y cementerios, se fijaron fechas y sitios de culto, se organizó una liturgia basada en un calendario de efemérides, y se procedió a ponerlo en práctica y difundirlo a través de la escuela y el ejército [iii] .

            Pues bien, ahora que contamos con cierto enfoque para pensar las identidades nacionales, veamos cómo podemos pensar las pretensiones o afirmaciones identitarias de este colectivo que llamamos "argentinos". ¿Cuál ha sido el Otro -u Otros- en función del cual se ha definido "lo Argentino"? ¿Qué agentes o sujetos han participado en dicha tarea? ¿Qué transformaciones han devenido, y qué circunstancias específicas las han generado? Como se puede imaginar, se trata de preguntas difíciles de responder dentro de los límites de este trabajo, pero podemos delinear algunos aspectos relevantes.

Los estadistas modernos forjadores de la "Organización" luego de Caseros, imaginaban a mediados del siglo XIX una nación -la República Argentina- racialmente blanca y culturalmente europea en un mar latinoamericano mestizo; la concepción dominante en los sucesivos gobiernos, la mayor parte de la sociedad civil y política, y los intelectuales, siguió fiel a la sentencia sarmientina que postulaba una nación dividida entre un polo bárbaro y tradicional, y un polo civilizado y moderno. El concepto moderno de nación acuñado en este país por los intelectuales “organizadores” siguiendo el modelo democrático-universalista francés, sostenía la incorporación por contrato, y no por lazos étnicos, a la nacionalidad. El estado debía ser el primer garante de la igualdad ciudadana entendida como homogeneización de una sociedad de aborígenes, criollos e inmigrantes. Las particularidades culturales eran rémoras de un pasado a superar. Europa funcionó en la conformación de la nueva nación como un Otro ambiguo; una cosa era España, símbolo del atraso, y otra muy distinta Francia y, especialmente, Inglaterra, esta última, expresión de la modernización y la civilización [iv] .

Sin embargo, esta relación con "lo inglés" podía asumir formas diversas e incluso conflictivas, especialmente cuando se deja de estudiar sólo a las elites y al estado, y se pasa a considerar ciertos contextos que posibilitaron la emergencia de "lo criollo". Este fenómeno ha sido estudiado por el antropólogo argentino Eduardo Archetti, comparando el fútbol y el polo. Como sabemos, se trató de dos deportes traídos y difundidos en la Argentina por los inmigrantes ingleses a mediados del siglo XIX, hoy profundamente identificados con la Argentina. El fútbol es el deporte más popular, siendo uno de los principales proveedores de identidades sociales y auténtico generador de cultos de idolatría; además, acompaña a los argentinos por donde quiera que vayan, no sólo por la figura de Maradona, sino por la enorme masa de futbolistas dispersos en el mundo, amparados en la creencia mundialmente asumida que los argentinos "somos de lo mejor" [v] . El futbolista argentino es buscado debido a sus destrezas únicas e incomparables: habilidad, picardía, intuición, inventiva, creatividad, belleza. También el polo nos ha hecho famosos: los polistas argentinos reúnen condiciones notables de jinetes y jugadores y, a diferencia de los futbolistas, ellos sí confirman continuamente ser los mejores del mundo, ya que siguen siendo prácticamente imbatibles. Archetti observó que en los tiempos de conformación de ambos contextos, hubo complejos procesos de asimilación y transformación de "lo inglés" a "lo criollo"; en el caso del fútbol, la enfatización de la intuición artística de los "criollos" frente a la técnica, el estudio, el método frío de los ingleses. Incluso, estas peculiaridades locales encontraban su fundamento en ciertos sujetos "típicos" del espacio criollo, como "el compadrito" y su habilidad con las piernas para bailar el tango, quien a su vez le debía sus destrezas al "gaucho", hábil para el baile así como para bolear a caballo. En el gaucho también encontraba su antecesor y justificación presente el polista. Lo que trata de mostrarnos Archetti es el carácter heterogéneo que adoptó la construcción de "lo argentino", y que la misma no puede pensarse sino en función de Otros -en este caso, naciones- hacia las cuales se estaban produciendo imágenes de nosotros mismos [vi] .

Ahora bien, iniciamos este trabajo situándonos en la crisis actual, presentando algunas explicaciones que frecuentemente damos de la crisis. Dijimos que, en vez de tomar partido por ellas, tratásemos de entender qué imagen de nosotros mismos, los argentinos y la Argentina, se desprendían de tales posturas. Este periplo puede haber servido para ofrecernos un lente con el cual observar más detenidamente estas posturas con las que convivimos, y que ahora pretendo que se nos vuelvan extrañas para poder entenderlas mejor. A tal efecto, debemos sugerir que las posturas vistas al inicio expresan visiones con pretensiones de validez general; son también fruto de ciertas condiciones históricas, y están asociadas a tradiciones y perspectivas locales que no se iniciaron ayer, ni son hijas de la actual coyuntura; pero sí son actualizadas y resignificadas en el marco de la crisis actual.

La crisis no es un asunto nuevo en el discurso económico, político y cultural en nuestro país. El discurso político del siglo XX estuvo signado por referencias a las crisis recurrentes y endémicas, proponiendo continuamente diagnósticos y soluciones plausibles. Nuestras perplejidades cotidianas se alimentan en modo mutuo con las más complejas elaboraciones intelectuales. Hemos escuchado a nuestro actual presidente insistir en una vieja fórmula: "estamos ineludiblemente condenados al éxito". ¿Cómo no ha de ser así, en una tierra que lo tiene todo? Todos los climas, alta productividad en la producción de alimentos, un pueblo instruido... Estupendo. Pero, entonces, ¿qué ha sucedido? También se lo preguntan los expertos que tratan de entender a la Argentina, o "el fracaso argentino", en un modo muy similar al de los teóricos de la modernización de la segunda mitad de los años 1950 y mediados de los 1960: por qué una sociedad con migración europea, sin rémora esclavista ni bolsones indígenas significativos, no había podido desarrollarse como los demás new countries de zona templada (Australia, Nueva Zelanda, Canadá). Y concluían: ese atraso obedecía a que la modernidad económica no había sido acompañada por la modernización cultural y política. La temprana escuela de "sociología científica" identificaba los males argentinos con el polo tradicional de la nación que imponía en el polo moderno prácticas políticas calificadas de autoritarias-liberales. El migrante interno abonaba el populismo peronista como una cuña retrógrada y rural en la Argentina industrial y democrática [vii] . Como lo muestra Federico Neiburg, esta caracterización no era una creación de la sociología, pues se anclaba en la concepción de la sociedad política y civil urbana que desde los años 1930 venía experimentando el boom de la migración interna hacia los centros urbanos—Buenos Aires, Córdoba, Rosario—y el surgimiento de la Argentina de masas desde el advenimiento del peronismo en 1943. Aunque el gobierno de Perón había caído, en su segundo mandato, tras el golpe cívico-militar de 1955, sus remanentes eran más difíciles de desterrar [viii] .

A su vez, los llamados al restablecimiento, reparación, recuperación, unificación e, incluso, creación, de nuestra identidad tampoco son nuevos; sus principales elementos pueden ser rastreados con la emergencia de las diferentes corrientes nacionalistas alrededor de 1930, y tal vez un tanto antes. Como hoy, la tipificación de la situación política nacional como "crítica" en 1930 llevó a una puesta en discusión del modelo político e ideológico de la llamada "Organización Nacional". La idea de una nación "blanca y europea" fue discutida a través, por ejemplo, de una interpretación de los crímenes, delitos, vicios y enfermedades físicas y morales en tanto fruto de la inmigración, que había desplazado a la población hispana y criolla, católica. Los escenarios de lucha fueron variados: alcanzaron desde la profilaxis e higiene urbana [ix] hasta el campo de la historiografía, con la creación de contra-versiones de la historia llamada liberal [x] . Aquí se funda su canon: ciclos continuos en los que se oponen y alternan la Nación (representada en el Pueblo) y el Imperio (representado por la Oligarquía), que se cerrará con el triunfo final del Pueblo sobre la Oligarquía.

¿Qué tienen en común estos discursos de la crisis? Que todos nos brindan una imagen de la Argentina como "incompleta", "quebrada", "rota", "disgregada", "escindida". "Nos falta una identidad", porque tenemos "otra"; y "esa otra no representa nuestra verdadera identidad". O "la hemos perdido", y debemos "recuperarla". Pero, por el otro lado, los partidarios del progreso y la modernización también parten de "aquello que somos, pero no deberíamos ser", o de "aquello que alguna vez fuimos -granero del mundo, por ejemplo-, y que debemos volver a ser". Por ende, todas las soluciones postulan la necesidad de restablecer o reparar la nación escindida. La imagen que nos devuelven estas disímiles posturas son modos profundamente arraigados de pensar la Argentina. Ambas se entienden en relación una con la otra, y comparten una semejanza profunda que sus defensores difícilmente acepten.

La Argentina es un país dualista, esto es, que piensa sus cuestiones organizándolas en términos de oposiciones binarias [xi] . Pero el tipo de dualismo por el que hemos optado, si es que fue así, no es aquel que tiende al equilibrio de sus términos en juego; más bien, toma la forma de los dualismos antagónicos, donde los términos coexisten en una relación inestable, a tal punto que su supervivencia exige la destrucción de su antagonista. Como en la lucha entre el Bien y el Mal, la Luz y la Oscuridad, el Día y la Noche, la Vida y la Muerte, Dios y el Demonio, así concebimos a la Argentina como una casa dividida contra sí misma, como una lucha en curso que alguna vez concluirá [xii] .

De acuerdo a Max Weber, los dualismos religiosos históricamente conocidos son producto de la necesidad que han tenido las religiones de "tornarse más racionales". Si la idea de una deidad central crecía a punto tal que no sólo constituía un Creador, sino que todos los aspectos de la vida humana quedaban sometidos a su determinación, ¿cómo podía explicarse el sufrimiento mundano si el mundo era producto de un ser infinitamente Perfecto y Moralmente, el Bien Supremo? La experiencia cotidiana del Mal, especialmente bajo la forma del padecimiento y el dolor, las enfermedades y la muerte, el infortunio y la desigualdad, ponían en cuestión esta idea de Perfección. El dualismo fue, precisamente, una de las soluciones o teodiceas forjadas con la finalidad de resolverlo [xiii] . Del mismo modo, nuestro dualismo -en cualquiera de sus versiones- puede ser visto como una solución que nos hemos dado para hacernos comprensible la Argentina [xiv] .

Una de las peculiaridades del pensamiento dualista radica en concebir la historia como ciclos. Si cada ciclo es mirado desde el punto de vista de quien se encuentra desplazado circunstancialmente, no podrá adoptar otro carácter que crítico en tanto "negativo": siempre la situación será leída como una dislocación o trastrocamiento del orden [xv] . Lo cual nada tiene que ver con los aspectos materiales, objetivos, que caracterizan una situación calamitosa como la actual, sino que está relacionado con los medios simbólicos que empleamos para describirlos. Dicho de otro modo: no hay posibilidad alguna desde esta concepción de no estar en crisis. He señalado que las soluciones exigen la eliminación del par antagónico, único modo de que el desequilibrio original sea subsanado. Para algunos, este desequilibrio podrá situarse en la composición india, hispana y mestiza de la población; para otros, en el golpe de 1930; o en la derrota de Rosas en Caseros, o la caída de Perón. Sea como fuere, todos estos relatos intentan decirnos que el problema original es un asunto de mezcla y confusión, de desorden y caos, de invasión de un espacio que ha sido contaminado. Desde este punto de vista, las soluciones demandan la purificación del cuerpo social, de la sociedad, o de la nación [xvi] . Podemos entender cómo la religión de la democracia inaugurada en 1983 ha ido perdiendo fieles, en la medida que las experiencias cotidianas del sufrimiento no encontraron respuestas simbólicas y prácticas por parte de ella; pero la exigencia actual de algunos sectores de que "se vayan todos", ¿no postula una solución que, una vez más en nuestra historia, supone que debe ser extirpada la parte infectada y sustituida por otra esencialmente pura, en este caso, la sociedad civil?

A mi juicio, estamos hoy atrapados en viejos dilemas con nuevos ropajes, dilemas que han sido constitutivos de nuestra existencia como nación. La lectura que he propuesto aquí sólo pretende llamar la atención acerca de la necesidad de interrogarnos acerca de nuestra responsabilidad colectiva. No quiero caer en simplicidades usuales como "todos somos responsables". Antes bien, quiero mostrar hasta qué punto nos resulta dificultoso escapar de la idea de que habitamos "una nación dividida, rota, incompleta, escindida o contaminada"; que, por el contrario, deberíamos interrogarnos seriamente qué relación guardan nuestros deseos y aspiraciones respecto a la nación con aquellos que negamos a otros. Está claro que no todas las ideas de nación son simultáneamente posibles, y algunas deben ser responsablemente rechazadas, pues son política y moralmente incongruentes con las exigencias de una sociedad democrática. Pero, al mismo tiempo, tal vez algún día nos percatemos que nuestro modo de pensarnos y pensar nuestra casa, más allá de los efectos objetivos de la economía mundial, regional y local, hace más compleja la paz y la convivencia.



NOTAS

[i] Como quienes afirman que, en realidad, "hay muchas Argentinas, o muchas maneras de ser argentinos, por lo tanto, el problema está en tratar de unirnos", lo cual parece resultante de una combinación de las dos perspectivas anteriores, porque afirma la existencia de identidades, pero no de una única identidad. Entonces, el drama argentino radicaría en la fragmentación, en la imposibilidad de ser una unidad, una nación, en estar continuamente divididos.

[ii] Por caso, desde la Organización Nacional de fines del siglo XIX, la expulsión de los ingleses en 1806 y 1807 pasó a formar parte de los antecedentes de la nacionalidad y la autonomía, e involucró tanto a los porteños cuyos padres habían sido protagonistas de esas jornadas, como a los habitantes de Jujuy y de Salta que, por entonces, miraban más a Bolivia y Perú que al Río de la Plata.

[iii] Eric Hobsbawm ha tipificado este fenómeno como "invención de tradiciones", mientras que Benedict Anderson ha hablado de las naciones como "comunidades imaginadas". Ver: HOBSBAWM, Eric & Terence RANGER , ed (1999 –1983-). The Invention of Tradition. Cambridge, Cambridge University Press; ANDERSON, Benedict.(1991). Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Revised Edition ed. London and New York: Verso.

[iv] GUBER, Rosana y Sergio E. VISACOVSKY (2000). “La antropología social en la Argentina de los ’60 y ’70. Nación, marginalidad crítica y el «otro» interno”. En: Desarrollo Económico, vol.40, Nº 158 (julio-setiembre), pp. 289-316; (1999). Imágenes etnográficas de la nación. La antropología social argentina de los tempranos años setenta. Serie Antropologia. Departamento de Antropologia, Universidade de Brasilia, Brasil.

[v] Y que nosotros solemos corregir inmediatamente con "somos los mejores".

[vi] Archetti toma en cuenta muchos aspectos que no es posible considerar aquí, como los diferentes sectores sociales en los que una y otra práctica se difunden, o el hecho de que, en ambos casos, se trate de identidades masculinas. Ver: ARCHETTI, Eduardo P. (2001). “Nationalism, Football and Polo: Tradition and Creaolization in the Making of Modern Argentina”. In: John Liep (ed), Locating Cultural Creativity, London, Pluto Press.

[vii] GUBER, Rosana y Sergio E. VISACOVSKY (1999 y 2000, op.cit.).

[viii] NEIBURG, Federico (1998). Los intelectuales y la invención del peronismo. Buenos Aires, Alianza Editorial.

[ix] VEZZETTI, Hugo (1981). "Locura y delito: la regeneración moral de los argentinos". Revista Argentina de Psicología, año XI, Nº30, Setiembre, pp. 93-113; (1985). La locura en la Argentina. Buenos Aires, Paidós; PLOTKIN, Mariano Ben (2001). Freud in the Pampas. The Emergence and Development of a Psychoanalytic Culture in Argentina. Stanford, Stanford University Press.

[x] QUATTROCCHI-WOISSON, Diana (1998). Los males de la memoria. Historia y política en la Argentina. Buenos Aires, Emecé editores.

[xi] Esta conjetura puede rastrearse en Neiburg (1998); SHUMWAY, Nicolas (1995). La invención de la Argentina. Historia de una idea. Buenos Aires, Emecé; GUBER, Rosana (1996).  “Las manos de la memoria”. Desarrollo Económico 36 (141): 423-442; (2001). ¿Por qué Malvinas? De la causa nacional a la guerra absurda. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica; VISACOVSKY, Sergio E.  (2002). El Lanús. Memoria y política en la construcción de una tradición psiquiátrica y psicoanalítica argentina. Buenos Aires, Alianza.

[xii] MAYBURY-LEWIS, David (1992). "Introduction. The Quest for Harmony". In: MAYBURY-LEWIS, David & Uri ALMAGOR, eds. The Attraction of Opposites. Thought and Society in the Dualistic Mode. Ann Arbor, The University of Michigan Press, pp. 1-17.

[xiii] WEBER, Max (1997). Sociología de la religión. México, Ediciones Coyoacán; DAS, Veena (1995) Critical Events: An Anthropological Perspective on Contemporary India. Delhi: Oxford University Press.

[xiv] "Teodicea secular, de acuerdo a Michael Herzfeld. Ver: HERZFELD, Michael (1992). The social productión of indifference. Exploring the symbolic roots of the Western Bureaucracy. Chicago; NEIBURG (1998), op.cit.

[xv] FEUCHTWANG, Stephan (2000). "Reinscriptions: Conmemoration, Restoration and the Interpersonal Transmission of Histories and Memories under Modern States in Asia and Europe". In: RADSTONE, Susannah, ed. (2000). Memory and Methodology. Oxford, Berg. op.cit., pp. 59-77.

[xvi] DOUGLAS, Mary (1966). Purity and Danger: An Analysis of Concepts of Pollution and Taboo. Baltimore: Penguin Books.

Curriculum  vitae

Nació el 23 de octubre de 1959 en Buenos Aires, la Argentina. Se graduó en 1987 como Licenciado en Ciencias Antropológicas –especializado en Antropología Social– en la Universidad de Buenos Aires, y se doctoró en Antropología en la Universidad de Utrecht, Países Bajos (2001). Se inició en la investigación en 1988, obteniendo una beca de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad de Buenos Aires, estudiando las prácticas y concepciones acerca de la salud y la enfermedad mental en un servicio psiquiátrico de un hospital general y público de la Provincia de Buenos Aires. Posteriormente, en 1994, participó en un proyecto dedicado a estudiar la constitución del campo de la antropología social en la Argentina entre 1958-1976, dirigido por la Dra. Rosana Guber y financiado por la Universidad de Buenos Aires. En 1998 dirigió el proyecto “Usos del pasado e identidad social en la Argentina contemporánea: etnografías de las memorias sobre el “Proceso de Reorganización Nacional (1976/1983)”, financiado por la Universidad de Buenos Aires, y actualmente dirige el proyecto "La "teoría de los dos demonios" y la reconstitución de las identidades intelectuales en la Argentina post-Proceso (1983-1985)", también financiado por UBACyT. En 1997 obtuvo una beca de la Netherlands Foundation for the Advancement of Tropical Research (WOTRO) e inició su investigación "Mental Health Care from Dictatorship to Democracy: An Ethnography of Psychiatric Treatment in Argentina", dirigido por el Prof. Dr. Antonius Robben, como parte de su investigación doctoral en la Universidad de Utrecht, la cual concluyó con sus tesis El Lanús. Memoria, política y psicoanálisis en la Argentina, 1956-1992 (Utrecht-Buenos Aires, Infomed, 2001). Sus principales publicaciones han sido los libros El Lanús. Memoria y política en la construcción de una tradición psiquiátrica y psicoanalítica argentina (Buenos Aires, Alianza, 2002) e Historias y estilos de trabajo de campo en la Argentina (Buenos Aires, Antropofagia, 2002); también, ha publicado numerosos artículos sobre la constitución del campo de la antropología social en la argentina, muchos en colaboración con Rosana Guber, tales como "Tradición y modernidad en el origen de la carrera de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires" (en Redes, Revista de Estudios Sociales de la Ciencia, vol. IV, Nº10, octubre, pp.213-257. Centro de Estudios e Investigaciones, Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, 1997, en colaboración además con Estela Gurevich); "Controversias filiales: la imposibilidad genealógica de la antropología social de Buenos Aires" (en Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XXII-XXIII, pp. 25-53, Buenos Aires, 1999); y “La antropología social en la Argentina de los ’60 y ’70. Nación, marginalidad crítica y el «otro» interno”. Desarrollo Económico, vol.40, Nº 158 (julio-setiembre), pp. 289-316. Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), Buenos Aires, 2000. También, ha publicado artículos sobre problemas metodológicos de la investigación antropológica, como "Diálogo, interpretación y autoritarismo en la etnografía contemporánea" (en Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología, Nº XIX, pp. 7-35, Buenos Aires, 1994-95) y "La invención de la etnografía". Publicar en Antropología y Ciencias Sociales, Nº 5, año IV, Agosto, pp. 7-24. Colegio de Graduados en Antropología, Buenos Aires, 1995).

Se inició como auxiliar docente en la Universidad de Buenos Aires en 1985, participando en el dictado de cursos de grado sobre “Antropología Social y Política”, “Antropología Simbólica”, “Psicología General” y “Metodología y Técnicas de la Investigación de Campo en Antropología Social”, todas en el Departamento de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires. También, ha participado en la misma condición en las Facultades de Psicología y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Entre 1992 y 1996 obtuvo el cargo de Profesor Adjunto en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, y se desempeñó con el mismo cargo entre 1994 y 1996 en la Universidad Nacional de Quilmes. En 1997 obtuvo el cargo de Profesor Adjunto Regular en la cátedra de “Metodología y Técnicas de la Investigación de Campo en Antropología Social” de la Universidad de Buenos Aires. A partir del 2002 integra el plantel de profesores de la maestría en Antropología Social de la Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) y el Instituto de Desarrollo Económico y Social. Ha dictado seminarios de posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires sobre "La etnografía argentina de los tempranos años 1970" (1998), “Memoria social: la producción de las imágenes públicas del pasado” (2001) y en la Maestría en Teoría y Metodología de las Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Jujuy Facultad de Humanidades, Instituto de Ciencias Sociales y Humanas, el curso “Teoría y Metodología de la Antropología” (2001). e-mail seredvisac@yahoo.com.ar

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