Nacido
en 1633, Vermeer nunca salió de su Delft natal, una ciudad industriosa, famosa
por sus cervecerías, sus atelieres de tapices, fábricas de municiones y su porcelana
blanca y azul. Vermeer vivió pocos años -cuarenta y tres tan sólo: desde octubre
de 1632 hasta diciembre de 1675-, fue un perfeccionista que pintó apenas treinta
y cinco cuadros. El y su esposa, Catharina Bolnes, tuvieron una familia típicamente
holandesa, numerosa, con diez hijos vivos de quince, para cuya manutención el
pintor se vio obligado a comerciar en arte con el fin de suplementar sus ingresos.
A diferencia de su contemporáneo Rembrandt, un astro del arte conocido en todos
los Países Bajos y que tenía muchos asistentes para cumplir con los encargos de
retratos que le hacía la elite holandesa, Vermeer nunca fue conocido fuera de
Delft.
Alrededor
del siglo XXVII, Delft, ya era una ciudad venerable con un largo y distinguido
pasado. Los muros y las puertas medievales de la ciudad natal de Vermeer, visibles
en su remarcable View of Delft, controlaba el tráfico en tierra y agua y proveía
de defensa por más de tres siglos. Fue por estas fortificaciones que Willem de
Zwijger (William el Silencioso), Príncipe de Orange, eligió a Delft como residencia
durante la revuelta Holandesa en contra del control de España.
En
tiempos de Vermeer, Delft era una ciudad de veinticinco mil habitantes. Ahora
tiene ochenta mil, pero al parecer se mantiene intacta: cuando un Viejo edificio
sucumbe, es sustituido por jardines. Los condominios modernos se construyen fuera
de las murallas, en el paisaje de lagunas, canales y molinos que separa la Antigua
Delft de La Haya. A fines del siglo XVII, la travesía de una ciudad a otra -situadas
a sólo cinco kilómetros de distancia- se hacía en barcazas que tardaban una hora.
Vermeer ha sido
descripto, tradicionalmente, como el artista que llevó el realismo a su punto
más alto. Como se sabe, estaba interesado en la óptica y experimentó con la cámara
oscura. Aun así, tenía una imaginación idealizada, puesto que la vida real nunca
tuvo al aspecto de una de sus escenas domésticas. Las mujeres verdaderas no son
tan serenas como las que el pintó, ni las habitaciones tan tranquilas ni tan impecables.
En realidad,
Vermeer es el pintor que honró la soberanía de las mujeres al darles un espacio
propio -es decir, un espacio pictórico-. Sus pinturas son bellas porque nos ofrecen
la vida a través de sus ojos, unos ojos que sentían infinito placer al ver una
habitación en la que una mujer miraba silenciosamente a través de una ventana.

En una carta
de 1921, Proust escribió que la "Vista de Delft" pintada por Johannes Vermeer
era el cuadro más bello que había visto en su vida.